Celeste Molina logró edificar su casa tras capacitarse en albañilería a través de OBRA, la Escuela de Formación Profesional de la casa de altos estudios.
Hay historias que no necesitan exageraciones. Se sostienen solas, como los cimientos bien hechos. Como los que aprendió a hacer Celeste Molina.
Celeste trabaja en la Universidad Nacional de Villa María (UNVM), es Nodocente de la Secretaría de Planificación Técnica, Servicios y Mantenimiento. Hace tres años que recorre pasillos, supervisa tareas, cumple horarios. Pero un día decidió construir algo más: su propia casa.
No tenía experiencia previa. Tenía, sí, un terreno, mucho esfuerzo acumulado y un golpe duro: los cimientos que había pagado estaban mal hechos.
“Me quería morir”, dice. Y en ese momento, cuando todo parecía trabarse, apareció una oportunidad: el curso de medio oficial de albañilería dictado por OBRA, la Escuela de Formación Profesional de la UNVM.



Se anotó sin saber que ahí iba a cambiarlo todo. Durante cuatro meses aprendió desde lo más básico: mezclar, medir, levantar. Pero, principalmente, aprendió a confiar. En ella. En sus manos. En su capacidad.
El curso tenía algo más: era solo para mujeres. “Fue un desafío. Una siempre imagina la construcción como cosa de varones. Y de golpe estábamos todas ahí, aprendiendo desde cero, ayudándonos entre todas”, recuerda.
Como parte del trayecto práctico de este curso de 5 meses de duración construyeron juntas un asador. Pero Celeste estaba construyendo algo más grande.
Terminó el curso en noviembre del año pasado. Y no perdió tiempo. “El 27 de diciembre ya estaba llenando la platea de mi casa. Y el 3 de enero, el día de mi cumpleaños, puse el primer ladrillo”, afirma.
Desde ese día, no paró más. Salía de trabajar y, de cinco de la tarde a ocho de la noche, todos los días, de lunes a lunes, levantaba su casa. Con su pareja, con ayuda, pero sobre todo con decisión.
Aprendió a hacer encadenados, a trabajar con distintos materiales, hasta a realizar instalaciones con termofusión. Lo que antes era desconocido, hoy forma parte de su día a día.
Ocho meses después, la casa está en pie. Hoy vive ahí y cuando lo cuenta, se emociona.
“Satisfacción plena. Abrir la puerta de mi casa… ver cada pared y saber que la levanté yo… es algo que no se puede explicar”, manifiesta la trabajadora Nodocente.
Pero su historia no termina en su propia casa. Celeste la multiplica.





