Los datos objetivos marcan que la población mundial tiende al envejecimiento, es decir, al elevarse la expectativa de vida, cada vez tenemos más personas de mayor edad lo que tiene beneficios para el ser humano en general porque los avances de la ciencia y la conciencia de una vida saludable redundan en vivir más, pero pone en el centro de todas las reflexiones y análisis cómo se va a sostener el sistema de los países con menos población económicamente activa que es en definitiva la que termina justamente sosteniendo cualquier sistema previsional.
El problema del proceso de envejecimiento no es solamente social o cultural, es fundamentalmente económico, y obliga a repensar a los Estados absolutamente todo: matriz productiva, edad jubilatoria, cobertura social o de salud.
Argentina no es la excepción a la tendencia mundial, este proceso está caracterizado por una base más estrecha (menos niños) y una cúspide más ancha (más personas mayores) según datos del Censo 2022 del INDEC y proyecciones recientes. En 2022, el 22% de la población tenía entre 0 y 14 años, el 66,1% entre 15 y 64 años, y un 11,9% era mayor de 65 años. La edad mediana superó los 32 años en 2025, reflejando un progresivo envejecimiento.
Estos datos del INDEC, junto a estudios recientes realizados por el organismo oficial dan cuenta que hay una caída en la natalidad, tras un crecimiento promedio de 1,06% anual entre 2001-2020, se espera un ritmo mucho más lento (0,16% anual) para el periodo 2022-2040. El aumento de la esperanza de vida al nacer, que se estima llegará a 78,7 años para varones y 83,0 para mujeres en 2040, contribuye a la transformación demográfica.
Entre los principales cambios demográficos en nuestro país, se destaca que las mujeres tienen menos hijos a edades más avanzadas. A su vez, aunque durante la pandemia por COVID-19 se perdieron años de esperanza de vida, posteriormente se observó una recuperación de esos años perdidos y se prevé que la esperanza de vida al nacer continúe en aumento. Esto hace que, hacia 2040, se espere una menor proporción de niños, niñas y adolescentes y una mayor proporción de personas adultas mayores en el territorio nacional.
Un informe del Banco Mundial muestra la evolución de la población de 65 años y más en nuestro país: en 1960 había 1.075.467; en 2024, que es el dato más reciente hay 5.673.637.
Los datos son elocuentes y están indicando cambios sociales que se vienen produciendo en las últimas décadas, donde el empoderamiento de las mujeres que lograron avanzar en derechos, pero también tener una mayor valorización en el mercado laboral, hizo que deciden postergar muchas veces formar una familia o ser madres, quizás lo hacen mucho más tarde que sus madres o abuelas.
Sumado a que el mundo se vuelve cada vez más individualista, cuestan más las relaciones humanas en general, la comunicación entre las personas se produce de otras formas donde la tecnología juega un papel preponderante, y donde las relaciones amorosas tienden a ser menos duraderas, porque ya no existen los mandatos sociales de que por ejemplo “el matrimonio es para toda la vida” (donde ciertamente la sociedad patriarcal favorecía al hombre).
Evidentemente estamos en un proceso de transformaciones profundas de la humanidad, de cómo queremos vivir, y cómo enfrentar el futuro, donde el mayor desafío será pensar en que todos puedan acceder a una calidad de vida digna y aceptable.







