La increíble aventura de Gato y Mancha: 21.500 km a caballo hasta Nueva York

DE LA PAMPA A LA QUINTA AVENIDA EN TRES AÑOS

Hace un siglo, antes de que el marketing fuera una palabra de moda, un profesor suizo tuvo una idea loca: demostrar que los caballos criollos eran los más resistentes del mundo. Así arrancó la hazaña de Aimé Tschiffely, Gato y Mancha, dos potrillos que recorrieron 21.500 kilómetros desde Buenos Aires hasta la Quinta Avenida de Nueva York, en una travesía que duró tres años y los convirtió en estrellas.

Aimé Tschiffely, un suizo que vivía en Quilmes, se obsesionó con los caballos criollos después de leer sobre ellos y conocerlos a través de la Sociedad Rural Argentina. Estos animales, descendientes de los que trajo Pedro de Mendoza en 1536, eran puro aguante: llevaban siglos viviendo como cimarrones, en estado salvaje. Aimé quería mostrarle al mundo de lo que eran capaces, y para eso contactó a Emilio Solanet, un veterinario de Ayacucho que sabía todo sobre la raza.

En una carta, Aimé le contó a Solanet su plan: cruzar toda América a caballo, desde Buenos Aires hasta Nueva York, pasando por Chile, Perú, Colombia, Panamá, Costa Rica, Nicaragua, México y varias ciudades de Estados Unidos. “Quiero usar solo caballos criollos para probar su resistencia”, escribió. Solanet pensó que estaba medio zarpado, pero le respondió y lo invitó a conocer a sus animales.

Cuando Aimé llegó al campo de Ayacucho, Solanet decidió no darle potrillos jóvenes, sino dos veteranos: Gato, de 16 años, y Mancha, de 15. Así nació el trío que iba a hacer historia. Aimé se quedó unas semanas en el campo, conociendo a los caballos, probándolos en distintos terrenos y creando un lazo con ellos. El 24 de abril de 1925, desde la Sociedad Rural Argentina, arrancaron rumbo a Nueva York. Solanet, que les había regalado los caballos, dijo: “Con suerte llegan a Rosario”. ¡Qué equivocado estaba!

Aimé salió con lo justo: una olla, una pava, café, té, arroz, porotos, azúcar, sal, una brújula, mapas, un revólver y unas monedas de plata para pagar favores en el camino. También llevaba un poncho impermeable, un sombrero con red para los bichos, anteojos para el viento y una máscara de lana para el frío. Contra todo pronóstico, no solo pasaron Rosario, sino que llegaron a Santiago del Estero, Tucumán y hasta la frontera con Bolivia.

Aime Tschiffely pidio que sus cenizas descansaran cerca de los restos de Gato y Mancha

Bolivia fue el tramo más jodido. Subieron a 5900 metros de altura, batiendo un récord mundial a caballo, y durmieron en noches de 18 grados bajo cero. Cruzaron ríos, treparon laderas empinadas y hasta se cayeron por un precipicio. Aimé alternaba entre montar a Gato, a Mancha o caminar con ellos. Los tres aprendían sobre la marcha cómo lidiar con terrenos duros, climas extremos y el trato de la gente, que a veces era bueno y a veces no tanto.

Gato y Mancha bancaron el mal de altura y nadaron como campeones cada vez que tocaba cruzar un río. Aimé usaba sus mapas para elegir las mejores rutas. En las selvas de Centroamérica, avanzaba a machetazos, a veces solo un kilómetro por día, con el peligro de cocodrilos en los ríos. En Nicaragua, en plena revolución, las requisas militares los complicaron, así que Aimé buscó la salida más rápida.

En Panamá, cruzaron el canal recién inaugurado en un barco, una experiencia que no les copó a los caballos. Pero México fue el punto alto del viaje. Aunque el país también estaba en revolución, Aimé se sintió a gusto. Cuando Gato se lastimó una pata por una herradura mal puesta, lo llevaron en tren desde Oaxaca hasta la Ciudad de México, donde los recibieron como rockstars. Periodistas, curiosos y hasta cineastas los esperaban, y los caballos desfilaron en una corrida de toros.

En Estados Unidos, el paisaje cambió: autos, asfalto y ciudades modernas. En Texas, Oklahoma y St. Louis, Gato volvió a lastimarse por el asfalto, así que Mancha cruzó solo el río Mississippi. La travesía ya era famosa mundialmente, y el presidente Calvin Coolidge los recibió en Washington.

El gran final fue el 20 de septiembre de 1928, hace justo 97 años, en Nueva York. La Quinta Avenida se llenó para un desfile en honor a Aimé, Gato y Mancha. “Me pusieron un traje de gaucho y mis caballos llevaban arreos antiguos hermosos”, contó Aimé en su libro Mancha y Gato, la odisea de dos caballitos criollos. Los caballos estuvieron diez días exhibidos en el Madison Square Garden, donde la gente hacía fila para ver a los animales que recorrieron 21.500 kilómetros.

En Manhattan, quisieron comprarle a Gato y Mancha, pero Aimé fue tajante: “Prefiero volver pobre con ellos que millonario sin mis fieles caballos criollos”.

Gato era el tranquilo; Mancha, el rebelde que solo se dejaba montar por Aimé. Cuando se separaban, relinchaban hasta reencontrarse.

Tschiffely con Mancha (Foto Revista Caras y Caretas)

Tras el éxito en Nueva York, volvieron a Buenos Aires el 1° de diciembre de 1928, recibidos por una multitud en el puerto. Emilio Solanet llevó a los caballos de vuelta a su estancia en Ayacucho, y Aimé los visitó varias veces antes de volver a Europa. Las pieles de Gato y Mancha están en el Museo de Transporte de Luján, y sus huesos descansan en la estancia de Ayacucho, junto a las cenizas de Aimé Tschiffely, que pidió estar cerca de sus compañeros para siempre.


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