“El Gallego” Martínez: “La vida se la dediqué a mi pasión, el Fútbol”

La Plaza San Martín, en el centro de la ciudad, es el lugar que elige para caminar en las tardecitas, Enrique “El Gallego” Martínez, hombre amable y atento.

Su vida fue y es el fútbol: “Nací con una pelota debajo del brazo. Mi padre, el primer regalo que me hizo fue una pelota de fútbol y todas las noches me dormía abrazado a ella. Lozada, mi pueblo natal, me vio desde muy chico en el club del pueblo y a los 16 años me fui a Córdoba, para jugar en Instituto Central Córdoba, desde 1957 hasta 1963.

Allí fue una experiencia importante, porque empecé en reserva y luego llegué a jugar en primera división con 18 años. Jugamos contra equipos como Lanús, Ferro, de los que se vienen a mi memoria.

Recuerdo a compañeros como Rivarola, Moreno, Caranta, Castaño, entre otros.

Luego decidí volver al fútbol del interior porque se ganaba mejor y recalé en Villa María. Ahí jugué en la Selección de esa ciudad. También estuve en Huracán de Tancacha, Independiente de Pascana, Colón de Arroyo Cabral, Central Argentino de Villa María, Independiente de Hernando.

Luego llegó mi etapa de Técnico. Empecé en Arroyo Cabral, logrando cuatro subcampeonatos, allí nunca salí campeón como técnico.

En los años ’80, por una razón comercial, (distribuidor de la gaseosa Pepsi Cola), llego a Las Varillas. En ese momento me relaciono con los señores Bonansea y Aloé, del Club Almafuerte y me contratan para ser Director Técnico del equipo. Aquí logramos dos títulos de la Liga Regional y también Provincial.

Siempre llevo en mi corazón a todos los jugadores que dirigí aquí en Las Varillas, ciudad en donde nos afincamos definitivamente con mi familia.

Soy un loco enamorado por el fútbol. Muchas veces me cuestiono porque no le dediqué todo el tiempo que merecían a mis seres queridos, por seguir a este deporte. Hoy en día, sigo viendo todos los partidos que pasan por la televisión, es más fuerte que yo esta pasión.”

Terminada la nota, el “Gallego” como se lo conoce cariñosamente, siguió caminando por la plaza y observando como algunos niños jugaban a las mareaditas con una pelota deshilachada por tantas patadas, y por qué no recordando a aquel niño que nació en Lozada con una pelota que abrazaba cada noche cuando se iba a dormir soñando en ser un crack.

Por: Rubén Darío Bonis

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