“He deseado ardientemente comer esta Pascua con Ustedes»

2ª Carta Pascual 2022
San Francisco, 10 de abril de 2022, Domingo de Ramos

“Llegada la hora, Jesús se sentó a la mesa con los Apóstoles y les dijo: «He deseado ardientemente comer esta Pascua con ustedes antes de mi Pasión, porque les aseguro que ya no la comeré más hasta que llegue a su pleno cumplimiento en el Reino de Dios».” (Lc 22, 14-16).
“Jesús, con un grito, exclamó: «Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu». Y diciendo esto, expiró.” (Lc 23, 46).
A los fieles y comunidades de la Diócesis de San Francisco.
Queridos hermanos:

Jesús ha entrado en Jerusalén. Está por cumplir su deseo más ardiente: el bautismo de su Pascua (cf.
Lc 12, 49-50). Del Cenáculo a la tumba vacía, pasando por Getsemaní y el Calvario, Jesús vive cada
gesto, sentimiento y palabra como culminación de su camino filial de oración al Padre en el fuego
del Espíritu Santo. Con esta segunda Carta Pascual los invito a vivir esta Pascua 2022 de la misma
manera: como fuente y culmen de nuestro camino de oración, a la vez personal y comunitario.

La Iglesia no solo ora, anima y enseña a orar. Ella es “Iglesia orante”. La liturgia del Triduo Pascual
es su más plena manifestación. Desde el bautismo y la confirmación, cada cristiano está llamado a
ser un orante “en Espíritu y en verdad”, en medio de un pueblo santo y sacerdotal. La liturgia pascual
es culmen de su camino personal de oración, fuente y escuela de oración contemplativa. Algunos
intervendrán con diversos ministerios (sacerdote, acólitos, lectores, cantores, etc.). Todos hemos de
participar activamente en la celebración del Misterio de la Fe.

Una vez más miremos a María, la Virgen orante y contemplativa. Ella es el modelo más acabado
de la Iglesia en oración. Que ella nos introduzca en el arte de celebrar los santos misterios de la fe.
Que ella, como experimentada catequista y mistagoga, nos ayude a pasar de los signos externos al
misterio de la gracia invisible que celebramos.

El Triduo Pascual es una sola gran celebración que se desarrolla en cuatro intensas jornadas.
Comienza con la Misa de la Cena del Señor el Jueves Santo, prosigue con la Celebración de la Pasión
el Viernes Santo y culmina en la Vigilia Pascual del Sábado Santo que nos abre a la luz del Domingo
de Resurrección. Se trata de un precioso itinerario de oración, a la vez personal y eclesial.

El Jueves Santo entramos con Jesús al Cenáculo. Sus gestos sobre el pan y el vino, prolongados en
el lavatorio de los pies, nos conmueven. ¡Vemos la Eucaristía salir de su corazón, de sus labios y de
sus manos! Ella alimenta nuestra oración de esperanza. “Hagan esto en memoria mía”, nos ordena,
invitándonos a celebrar su sacrificio pascual y a vivirlo en el servicio. La Eucaristía moldea nuestra
oración personal, la nutre de sentimientos, actitudes y palabras. Del Cenáculo vamos al Huerto de
los Olivos. Allí, la oración del Señor se hace más intensa y dramática. Si los discípulos se dejan vencer
por el sueño, nosotros velamos atentos. ¡Cuántas veces estamos así con Jesús en la agonía de
Getsemaní! La oración cristiana es comunión con todos los que sufren en los Getsemaní de la vida.

“Enséñanos a orar”, le dijeron un día sus discípulos a Jesús viéndolo rezar (cf. Lc 9, 1-11). El Viernes
Santo, contemplándolo caminar la Pasión, despierta en nosotros el deseo de participar en su camino
pascual. En la cruz, cada palabra del Señor es una plegaria dirigida al Padre: de perdón, de abandono
y de entrega: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu” (Lc 23, 46). Su grito final recoge y
resume el dolor de todos los crucificados de la historia. El Crucificado es maestro consumado de
oración. A esa escuela vamos para aprender lo que significa orar para vivir.

Con María y las santas mujeres transcurrimos las horas del Sábado Santo en espera vigilante. La
oración cristiana es amor que confía y, por eso, sabe esperar. Es gusto por la soledad y el silencio. En
ocasiones, un silencio colmado de consuelo; otras veces, un silencio áspero y sufrido. Sin embargo,
ese es el que mejor nos foguea como orantes. Así vivimos la espera ansiosa de la Resurrección.

Al caer la tarde, nos reunimos para vivir la Vigilia Pascual, la “madre de todas las vigilias”. Ella misma
es una escuela particularmente valiosa de oración: se multiplican los signos, escuchamos más
prolongadamente las Escrituras, volvemos a cantar el Aleluya y hacemos memoria del Bautismo,
renovando las promesas bautismales. La luz tenue pero firme del Cirio pascual es el signo de esa
presencia que ilumina nuestra vida. En medio de la noche de la vida, “solo la sed nos alumbra”. Es la
sed del Rostro más bello: el de Cristo resucitado, el verdadero futuro de la Iglesia y de toda la
humanidad. Es el Rostro que busca todo orante, pues siente que sus ojos de fuego lo miran desde
dentro de su propio corazón. El deseo de dejarse iluminar por Él es más poderoso que cualquier
oscuridad. La oración es cuestión de amor enamorado. Y ese amor encuentra el tiempo necesario
para la oración de cada día. No un rezo al pasar, sino un corazón que se entrega, escucha y adora.

El Domingo de Pascua es el “día que hizo el Señor”. Celebramos la resurrección de Cristo, la obra
más portentosa de nuestro Dios. La oración cristiana lleva siempre impresa la fuerza de la Pascua.
Cada vez que alguien se recoge en oración se deja alcanzar por la luz pascual. Un niño que ora
ayudado por su mamá, su papá o sus abuelos. Un chico o una chica que se aventuran en la lectura
orante de la Palabra, sustrayéndose al ruido ensordecedor del mundo. Un adulto que sazona su
ajetreada jornada con el Evangelio del día. Un enfermo que reza desde su lecho de dolor. Todos ellos
-y muchos más- abren cada día nuestro mundo a la potencia transformante de la Resurrección. Se
animan a entrar en el Silencio del Dios tres veces Santo para dejarse mirar por Él. Se abren así al
influjo del Poder que sana y eleva todas las cosas. Los orantes sostienen el mundo, aunque éste les
de vuelta el rostro, los ignore o, en el colmo de la insensatez, los juzgue inútiles o ingenuos.

Un orante sabe que Dios es fiel. Es su experiencia más honda. La que vive y celebra en Pascua. Lo
grita su vida, lo refleja en su rostro y, a veces, siente que lo tiene que decir con palabras. Es el “pan
nuestro de cada día” que saborea cuando se entrega a la oración. Es el pan que, desde su pobreza,
comparte con sus hermanos y compañeros de camino. Así, la oración abre el mundo a Dios y lo hace
más humano, más fraterno y vivible.
Que el Espíritu nos sumerja en la oración de Jesús. Con Él, y en oración, vivamos esta Pascua 2022.

Están en mi oración de cada día. Con mi bendición

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