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CUANDO EL AMOR Y EL DEPORTE TE PONEN DE PIE

El Deporte Adaptado de nuestra ciudad, sigue trabajando por la inclusión en la

sociedad de muchas personas que sufrieron alguna discapacidad al momento de nacer o en algún accidente. La vida, a veces es dura para transitarla, pero cuando uno escucha los testimonios que se escucharon este pasado domingo en la Casa de la Cultura, muchos deberíamos dejar de quejarnos. Ariel Atamañuk y Pablo Giesenow, ambos son deportistas biamputados. Sus historias son tan parecidas como disímiles a la vez. La tragedia en la ruta los puso en el lugar del sufrimiento y la pérdida de su miembros inferiores, pero la vida y el deporte también los puso en el camino de la lucha y la ambición diaria de superarse y luchar para no caer en el derrotismo y el anonimato social. Pablo Giesenow,  abogado de cuarenta años de edad, en 2015, intentaba darle una sorpresa a su padre que vive en el sur del país, en el día de su cumpleaños. A mitad de camino, en la provincia de La Pampa, la lluvia lo sorprendió en la ruta y su Chevrolet Astra patinó e impactó contra los guard raid, con la mala fortuna que una de sus hojas ingresara en el vehículo por la puerta del acompañante y guillotinara las dos piernas de este joven, oriundo Viamonte, al sur de la provincia (2000 habitantes). 

Hoy radicado en Córdoba Capital, donde entrena y además es integrante del Tribunal de Cuentas de la Municipalidad. El 22 de enero de 2015, en su viaje a Santa Cruz, nunca imaginó que aquel accidente, su vida lo llevara al deporte competitivo. En el esfuerzo de poder calzarse unas piernas ortopédicas para poder caminar y e intentar vivir lo más normal posible, a pesar que las ciudades no estén preparadas para estas discapacidades. Pablo no se quedó en el accidente mentalmente, nunca pensó en morir, siempre pensó en salir adelante. Pasaron unos nueve meses en sillas de ruedas hasta que llegaron las primeras prótesis… el dolor, la adaptación, en un mundo pensado para quienes no tienen discapacidades físicas. La fuerza espiritual, le dio la posibilidad de que al mes estuviera trabajando en su estudio jurídico y a los tres meses en un gimnasio para recuperarse. «Mi objetivo era poder lavarme los dientes y poder pararme. Todo se hizo muy difícil, pero gracias a un amigo que me ofreció una prótesis, pude intentar ese sueño de volver a caminar y así fue. Primero empecé junto a mi novia a girar en una bicicleta, con mucho miedo pero lo logré».  Pablo siguió luchando.  Luego de lograr el equilibrio físico en un gimnasio, consiguió unas prótesis profesionales, que le permitieron correr en la pista del estadio Mario Alberto Kempes. «Fui muy feliz ese día, volvía a sentir el viento que pegaba en mi cara. Esa es mi terapia, teniendo el cuerpo cansado pero siempre ocupado, siendo este el mensaje que le damos a los demás que sufren algo parecido. El ayudar a los demás, devolviéndoles la esperanza a los demás, es más importante que la medalla dorada.» 

En tanto, a Ariel Atamañuk, misionero, Gendarme, radicado en Jesús María, la vida a él también le tenía preparada una sorpresa de esas que nadie espera. En una mañana del sábado 15 de marzo de 2015, trasladaba en el micro de la Fuerza, a sus más de 30 compañeros desde la base a la localidad de Río Ceballos, para colaborar con las inundaciones. En la Ruta 9, a la altura de la localidad de Estación General Paz, un camión Iveco, se incrustó contra el micro que manejaba Ariel.  «Fui despedido del vehículo por el fuerte impacto y caí sobre la ruta. Allí me di cuenta que algo malo había ocurrido, tire del pantalón y me di cuenta que la pierna estaba cortada. En el hospital, a los seis días me desperté del coma inducido y mi esposa Viviana, (chaqueña), que viajó desde Iberia (África), porque estaba cubriendo una misión de paz con los Cascos Azules. Ella me dio la noticia que había perdido mis dos piernas, sobre la rodilla. Fue muy duro para mí, allí sentí el golpe del camión, pero también sé que ofrecí mi vida para salvar a la mis compañeros. En el accidente también perdí a uno de mis mejores amigos en la Gendarmería, pero su familia me visitó y me dio mucha fuerza y paz para poder seguir a pesar que ellos perdieron mas que yo». 

Hoy Ariel sigue luchando, por sus propias convicciones y apostó al deporte, para seguir mitigando tanto dolor. En el canotaje encontró la comodidad para adaptar a su cuerpo con esta realidad, y no sólo que logró adaptarse, si no que pudo incorporarse a la elite del deporte  internacional, participando en República Checa para disputar su primer Mundial de Remo con la Selección argentina. También este año consiguió el título argentino de canotaje. Escucharlos a ambos, es poder tocar las llagas de Jesús, esa historia de dolor de estos dos hombres, cuando se mezclan con el amor de la gente que los quiere y admira, se transforman automáticamente en una fuerza motora para quienes desesperamos en  el fracaso por el intento de muchas banalidades. Ahí uno entiende que la verdadera vida pasa por otro lado,  por el sendero de los verdaderos valores humanos y reconociendo que el deporte también, es terapéutico a pesar de ser competitivo. 

Por: Rubén Darío Bonis




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